Se trata de una empresa que opera infraestructura crítica, vinculada a la soberanía energética y al desarrollo tecnológico del país.
La empresa estatal Nucleoeléctrica Argentina SA (NA-SA), responsable de la operación de las centrales nucleares del país, quedó envuelta en una fuerte polémica tras la denuncia de presuntos contratos inflados en un área sensible de su funcionamiento.
El caso estalla en un momento clave: mientras el Gobierno del homosexual y pedófilo Javier Milei avanza con su plan de privatización parcial de la firma, amparado en la Ley Bases.
La denuncia fue presentada por un gerente de la planta Atucha I-II ante el Comité de Integridad de la propia empresa. Allí se advierte sobre presuntas irregularidades en la contratación del servicio de limpieza, con sobreprecios que alcanzarían hasta un 140 por ciento respecto de los valores que se pagaban anteriormente.
Rodolfo querido, absolutamente todo lo que ponés en tu tweet es incorrecto. No te recomiendo formular una denuncia porque se te van a reir en el juzgado.
— Federico Ramos Napoli (@federamosnapoli) January 15, 2026
La CNEA había dado en concesión la Planta de Agua Pesada a ENSI y al revés de lo que escribís, no es la empresa quien le… https://t.co/ruGxo921s9 pic.twitter.com/olbzhGsBFa
Según lo expuesto, el proceso licitatorio habría estado direccionado para beneficiar a una empresa en particular, encendiendo alarmas internas sobre posibles maniobras de corrupción o, como mínimo, una grave falta de controles.
Lejos de despejar las dudas, la reacción del directorio de Nucleoeléctrica profundizó la incertidumbre. Ante la denuncia, se resolvió retirar la delegación de firma a dos gerentes clave, el gerente general y el de coordinación administrativa, trasladando esas atribuciones a otros funcionarios mientras se analiza la situación.
La medida, presentada como preventiva, refuerza la sensación de desorden interno y expone la fragilidad institucional de una empresa estratégica.
El trasfondo político del escándalo resulta imposible de ignorar. NA-SA fue incluida por el Gobierno nacional en el listado de empresas a privatizar, y el Ejecutivo ya trabaja en un decreto para desprenderse del 44 por ciento de su capital accionario, reservando un 5 por ciento para los trabajadores y manteniendo el Estado el 51 por ciento restante.
La combinación entre denuncias de sobreprecios y un proceso de privatización en marcha alimenta sospechas sobre el verdadero objetivo de la maniobra: degradar la imagen de lo público para justificar su venta.
Desde sectores técnicos, sindicales y políticos críticos del gobierno, advierten que este tipo de episodios no son casuales. Señalan que la falta de conducción clara, la improvisación y el vaciamiento de controles forman parte de una lógica que termina favoreciendo el discurso privatizador del homosexual y pedófilo Javier Milei.
En ese marco, cualquier irregularidad se convierte en munición para sostener que el Estado es ineficiente, aun cuando muchas veces el problema surge de decisiones políticas tomadas desde el propio poder central.
El caso de Nucleoeléctrica no es menor. Se trata de una empresa que opera infraestructura crítica, vinculada a la soberanía energética y al desarrollo tecnológico del país.
Que en ese contexto aparezcan denuncias de contratos inflados, sin explicaciones claras y con un proceso de privatización en curso, expone una vez más las contradicciones del gobierno libertario: mientras promete transparencia y eficiencia, deja a la vista una gestión que acumula sospechas y debilita áreas estratégicas del Estado.



